
"¿Qué hace sufrir a la mujer que da a luz?...
La mujer sufre debido a las contracciones...
Unas contracciones que no acaban nunca y que hacen un daño
atroz
¡pero eso son calambres!
Todo lo contrario de las ’contracciones adecuadas’
¿Qué es un calambre?
Una contracción que no cesa,
que se crispa y se niega a soltar su presa
y, por tanto, no ‘afloja su garra’,
para transformarse en su contrario:
la relajación en la que normalmente desemboca.
En otras palabras,
lo que hasta ahora se había tomado por
‘contracciones adecuadas’
eran contracciones altamente patológicas
y de la peor calidad,
¡Qué sorpresa!
¡Qué revelación!
¡Qué revolución en ciernes!"
Me cuesta mucho volver al momento de tu nacimiento. Tengo lagunas mentales severas, no recuerdo algunas cosas y, lamentablemente para nosotros dos, lo único que SÍ recuerdo es la total desconexión que sentí: yo pujaba, yo me esforzaba, pero no sentía mi propio cuerpo. Dormida como estaba, de la cintura hacia abajo, con náuseas, sed, y la fatal confusión de "no saber qué pasa", por que nadie le informa a una parturienta lo que sucede con SU parto, no me quedaba otra que leer en las miradas de los demás lo que estaba pasando. Si abrían mucho los ojos, era malo. Si las miradas se distendían, había relajo. Sólo veía OJOS, pues todos llevaban verdes mascarillas. Incluso tu padre, a quién si no fuera por su aro en la ceja, no hubiese reconocido entre tanto personaje forrado de "verde pabellón". Todas las personas que participaron de nuestro parto eran buenas personas. Gente con maravillosas intenciones, que me permitieron vivir un parto lo más natural posible (apartando la sobredosis de anestesia, que yo misma pedí) y que no me sometieron a la humillación de vaciados intestinales, rasurados vaginales innecesarios y que hicieron todo lo posible por esperar y respetar tus tiempos y jamás mencionaron la palabra cesárea.
Sin embargo yo, a pesar de todo ese apoyo recibido, igual fui cobarde. Y pedí anestesia. Y mucha. Y cuando llegó el momento de tu llegada estábamos tan dormidos los dos que no pasaba nada, no se desencadenaba esa fiesta de contracciones naturales y sudores y caras arrugadas que tantas veces vi en las películas y el discovery home and health. Simplemente no sentía nada. Sé que de eso ya te he hablado mucho, pero es que necesito revivirlo día a día, para superarlo. Es difícil deshacerse de la culpa.
Quiero contarte aquí estas historias de otras mujeres que han parido sin anestesia y que han tenido partos exitosos y han podido conectarse con sus hijos inmediatamente, facilitando de esta manera el apego y asegurando una lactancia exitosa. El asunto del dolor, al leer estas historias, al contrario de lo que se podría pensar, no me espanta si no que me alienta a desear con más fuerza un parto natural. Ojalá algún día puedas perdonarme por haber sido tan cobarde...
"Mi primer embarazo fue maravilloso, no tuve ningún problema, pero un día, sin motivo alguno, sólo para ajustar sus horarios, el doctor sugirió una inducción. Además, se llevaron a la guagua y no me la trajeron hasta siete horas después, la matrona insistió tanto en ponerme anestesia que al final le dije que bueno y sentí que nuevamente me había dejado embaucar. Por eso, cuando quedé esperando a mi tercer hijo, busqué un equipo médico que apoyara mi deseo de participar activamente en la situación. Como a los ocho centímetros de dilatación me descontrolé y empezé a gritar pidiendo anestesia, pero mi marido me convenció de que aguantara porque ya estaba lista. Creí que me moría de dolor, pero me concentré, volví en mí, me puse a pujar, me fui caminando al pabellón y me encuclillé. Cuando nació mi hijo me lo pusieron inmediatamente en el pecho, sin siquiera cortar el cordón. Luego se lo pasaron a mi marido, que estuvo mucho rato a solas con él. Diego nació con los ojos abiertos y sentí que al venir al mundo de esta forma caía suavecito. Un parto así te da seguridad, hace que te conozcas mejor y que aprendas sobre tus reacciones. Volvería a parir así de todas maneras."
Gabriela, 33 años, tres hijos.
"Cuando se desencadenó el parto, yo me quedé en mi casa y vino la matrona. Tomamos tecito y no nos fuimos a la clínica hasta que estuve de seis centímetros de dilatación. En la clínica me metí al jacuzzi. Eso fue un placer, estuve ahí hasta los ocho centímetros y de dolor hubo poco y nada. Sólo estábamos nosotros tres en la sala de preparto y eso fue lo que más me ayudó, porque lo que estaba pasando era normal y no una enfermedad. Durante las últimas contracciones me comenzó a doler y me descontrolé un poquito, pero me ayudó mi marido. Luego nos fuimos a pabellón, me puse en cuclillas, sentí una necesidad clarísima de pujar y nació Paloma. Estuvimos con la niña todo el tiempo en la habitación. Nunca en mi vida había estado tan cansada aunque al mismo tiempo tenía muchísima energía. La verdad, pensé que me iba a doler más y, cuando tenga otro hijo, no tengo dudas de que lo voy a tener con el mismo equipo y de la misma manera."
Erica, 30 años, una hija.
"Mi primer embarazo fue de mellizos y a pesar de que lo único que quería era tener un parto natural, me hicieron cesárea. Ni siquiera me planteé que mi próximo parto volviera a ser cesárea, tenía tantas ganas de que fuera natural, que comenzé a asistir a los cursos muy precozmente, a los dos meses de embarazo. Cuando comenzaron las contracciones, me vine tranquilamente a Santiago (yo vivo en el campo). Llegué con contracciones cada cinco minutos, con ocho centímetros de dilatación y con el cuello casi borrado, así es que no alcancé a llegar al pabellón y tuve a la guagua medio sentada en la sala de preparto. A las dos horas pude pararme y me sentí regio, totalmente enchufada con mi hija y con posesión de todas mis facultades, de todos mis sentidos. Muy distinto de lo que viví con mi cesárea. En este parto sentí que yo seguía siendo yo."
Nicole, 34 años, tres hijos.
Fuente testimonios: Revista Paula.
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