martes, 19 de agosto de 2008

Un alto en el camino

Voy a copiar un texto muy revelador que saqué del libro de Laura Gutman Crianza, violencias invisibles y adicciones y que usaré después para explicarte algunas cosas sobre dos personas muy importantes en tu vida: tu padre, Rodrigo, y tu tía mayor, María Jesús.

El famoso ADD y la medicación psiquiátrica
La sigla "ADD" proviene de las iniciales en inglés de attention deficit disorders y pertenece a la gama de desabilities, como el síndrome ADHD, iniciales en inglés de attention deficit/hiperactivity disorder. En buen criollo, son niños que no pueden concentrarse en una sola actividad, que se dispersan y que necesitan mover el cuerpo. Personalmente, creo que eso es lo que define a un niño. Pero son cada vez más frecuentes los diagnósticos de "ADD" y los padres deambulan por consultorios de pediatras, neurólogos y psicólogos tratando de hallar una "solución". Claro que la ansiada "solución" no está en los niños, sino en la posibilidad de cambiar nuestra mirada y de darles a los niños una propuesta educativa acorde con la realidad emocional de cualquier niño sano.
El niño manifiesta el síntoma, principalmente, de la dinámica familiar. A veces es tan compleja la trama vincular dentro de la familia, hay tantas tensiones, culpas, quejas, insatisfacciones y enojos, que el niño "no puede concentrarse" porque está atento a innumerables conflictos emocionales. A veces está pendiente de sostener la depresión de su madre o permanece alerta ante los movimientos que presagian una pelea conyugal o simplemente le preocupa la fragilidad emocional de su mamá, aunque nadie más se de cuenta de esto. La situación empeora cuando el niño "no sabe de qué se trata". Porque sus padres no lo han conversado honestamente con él o, más frecuentemente, porque los mismos padres no se comprenden a sí mismos ni traducen las dinámicas que ellos generan en los vínculos. Entonces no saben qué es lo que tienen para transmitirle al niño. Desde ya, no relacionan la supuesta hiperkinesis del niño con la desprolijidad y el desorden que reinan en la vida cotidiana.
A esta situación, hay que agregarle las larguísimas horas que un niño naturalmente movedizo tiene que pasar "quieto" en la escuela, donde la única instancia que no ha perdido libertad es la imaginación, que lo traslada a una realidad emocional mucho más placentera que su vivencia cotidiana. Entonces, mientras su cuerpo queda atrapado, la imaginación y la fantasía se despliegan... hasta que el cuerpo no aguanta más y va detrás de esos sueños.
Durante la clase de ciencias, el niño se ha perdido en su mundo mágico. Su cuerpo se desplegó del lugar físico y acompaña la fantasía, olvidando realmente lo que sucede a su alrededor. Esta situación no es necesariamente placentera para el niño obligado a desprenderse de la realidad, ya que ésta le resulta extremadamente hostil, emocionalmente hablando. Insisto en este punto porque puede no suceder nada visiblemente perturbador. Es imperceptible para quienes -desde la realidad concreta- soportan a un niño distraído, inquieto y movedizo.
La "solución" que las personas grandes anhelamos es que este niño "aprenda" a portarse bien, quedarse quieto, concentrarse y no molestar. El problema es que este niño tiene su campo emocional totalmente inundado de preocupaciones y no es factible para él desprenderse de todas estas sensaciones confusas y a veces aterradoras. Entonces escapa, se mueve, corre, se oculta, regresa, sube, baja, se ríe, piensa, fabula, inventa, come, cuenta un chiste o molesta a sus compañeros.
Es obvio que para ayudar a un niño a entrar en relación suave con su entorno, ese entorno tiene que ser dulce y placentero, no sólo en el mundo concreto, sino también en su mundo sutil. Para esto será necesario conocer la realidad emocional de la mamá y de las otras personas que entran en el terreno vincular del niño en cuestión. Y trabajar conjuntamente para tomar en cuenta todo lo que el niño siente, pero que nadie sabe que siente. Entonces, cualquier desición será en beneficio de todos. Sabemos que no es así como estamos encarando el "problema de los niños ADD".
Quiero recalcar que no considero que éste sea un "problema", es apenas un síntoma que nos puede dar pistas interesantes sobre un funcionamiento familiar determinado. De cualquier modo, la mayoría de los niños terminan medicados por los neurólogos con "tranquilizantes" para alegría de los maestros y de los padres, que al fin van a poder descansar de tanto bullicio y descontrol.
¡Y funciona! Es obvio que si le limitamos la vitalidad, el niño se moverá menos, se apaciguará, tendrá menos energía y, por lo tanto, estará más quieto. Medicado con tranquilizantes, ya no cuenta con suficiente fortaleza para perseguir la fantasía que lo mantenía creativo y vital. Tampoco le resta voluntad para escaparse del sufrimiento emocional que lo devora, o de la soledad en la que se encuentra. Los grandes estamos más tranquilos con el diagnóstico porque nos da una "respuesta" al problema... y no tenemos que preguntarnos nada más. Es el niño que es "ADD", nosotros no tenemos nada que ver. Pero el niño, con el tiempo, retomará fuerzas y desplazará su pedido desesperado hacia algún otro síntoma factible de manifestar. Apenas alcance los once o doce años, la apatía y el desinterés serán tolerados porque "entró en la edad del pavo" o porque "ya se acerca la adolescencia". Pero los adultos seguiremos perdiéndonos la posibilidad de preguntarnos dónde se alojan los sueños que ya no soñamos. [Gutman, pp. 201-203]

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