Ayer fue un día
especial, un 21 de noviembre que no olvidaré y me alegro de que así sea.
Estábamos de aniversario con mi Pauloco, cumplíamos dos años juntos y yo tenía
expectativas diferentes para este día, pensé celebrarlo de una forma distinta,
pero las cosas no siempre suceden como uno quiere. Ayer perdimos a nuestro primer hijo, a las 7
semanas de gestación. Un aborto retenido, un embarazo que se detuvo en la semana 6 y
anoche, finalmente, tuve un aborto espontáneo. Es el tercer hijo que pierdo en la
vida, el primero para Paulo. ¿Por qué lo cuento? Porque siento que es extraño
que no se hable de esto, cuando es tan común y le pasa a montones de mujeres.
No quise someterme a un
legrado. Paulo y yo decidimos dejar que mi cuerpo hiciera su trabajo. De esta
forma, todo ocurrió en la intimidad de nuestra casa, estando juntos y en medio
de una situación muy doméstica: Max con 40° de fiebre y vómitos. Fue una noche
maravillosa, y no lo digo de forma irónica, si no que de verdad intenté
presenciarla en todo sentido, viviendo el momento de manera consciente, desde
todos los ángulos, como mujer, como madre, como persona, como pareja. Como
madre, sentir que estoy perdiendo a mi ángel mientras cuido y protejo a mi niño,
como mujer, sentir que mi cuerpo es templo de milagros maravillosos, cuna de
misterios como la vida y la muerte, fiesta de hormonas, caos y perfección: una
orquesta que funciona más allá de mi dirección. Y como persona, sentir todos
los prejuicios que hace esa voz interior que cuestiona y culpa, pero que a
veces, como anoche, contiene y fortalece, al mismo tiempo que mi mente trataba de visualizar mi umbral de dolor y dominarlo, sin desmayarse, sin decaer, enfocándose en la respiración, sintiendo mi cuerpo en medio del sufrimiento físico, tratando de trascender. Como pareja, tranquilizando a Paulo,
y disfrutar porque esta vez pude contar con su apoyo y contención. En mi
pérdida anterior, estuve acompañada de los mejores amigos que uno puede pedir,
mi Paulita y José. La primera pérdida fue más triste, ya que ocurrió en la más
triste soledad.
Estoy frente a mi blog,
el cual abandono y retomo cada cierto tiempo, generalmente cuando me siento
ahogada como ahora, y comienzo a escribir toda esa avalancha de sentimientos
que me llenan la mente y el corazón, porque necesito continuar y para eso tengo
que descargar la mochila. Me siento triste. ¿Por qué me pasa esto otra vez? He
leído muchos estudios, algunos serios, otros no tanto, he leído testimonios, foros,
he leído páginas web y libros de maternidad y siempre coinciden en que esto de
traer gente al mundo es una lotería. Realmente estar aquí, viva, es una gracia
del azar, o un regalo de Dios, o de la naturaleza, como se quiera creer. Las
estadísticas indican que la probabilidad de embarazarse, por ciclo, es de 25% a
30% y luego viene ese oscuro porcentaje de probabilidades de que ese blastocito
logre implantarse correctamente y evolucionar hasta convertirse en un ser
humano. Hablo de ese oscuro y miserable 50%, el cual decae a medida que mi edad
aumenta… Y finalmente no se trata de estadísticas. Se trata de mí. Se trata de la crueldad fisiológica de no ser capaz de sostener a mi guagua, y de la tortura posterior de seguir sintiendo todos los síntomas, aún cuando sé que ya no está.
Y así. Todos esos malos
recuerdos de mis pérdidas anteriores vinieron a visitarme anoche. Cada día desde el 22 de octubre cuando
hicimos el test de embarazo y salió positivo, me llené de miedos y malos
recuerdos, que se fueron achicando a medida de que pasaban los días y yo sentía
que todo iba bien, que todavía me dolían las pechugas así que teníamos hormona,
que en las ecografías todo estaba normoinserto y con biometrías
correspondientes hasta que en algún punto empezó a ganar la duda porque nunca se
veía el embrión. Que está muy chico, que vuelva en una semana, vuelva en dos…
Mi querido pelado Ibieta, mi doctor, sumando y restando y arrugando su pelada
frente a mis exámenes para darme esperanzas. Paulo a mi lado, viviendo todo
esto por primera vez, con la esperanza viva en su corazón, con todo ese deseo
gigante de entregar amor a este pequeño que venía. Todo esto hasta el viernes
pasado, cuando empecé a manchar.
Otra vez, pensé. Y lo
mismo: reposo, tranquilidad, y cualquier cosa a urgencias.
Mi embarazo se detuvo en
la semana 5/6 aproximadamente. Pero la vida no se detiene. Tuve el paseo de
curso de Max, al cual fui con mi mejor cara, aplicando técnicas milenarias que
solo las mujeres usamos para hacer mil cosas a la vez, como estar de anfitriona
en la casa de mi ex marido, con Paulo a mi lado, con hemorragia, con la pena de
no saber si estaba perdiendo a mi guagua o era solo un sangrado sin
importancia, sonriéndole a Max y a sus amiguitos, respondiendo a las preguntas
de todos. Es fuerte uno. Ahora lo veo en retrospectiva y de verdad
fue bruto. Mi hijo me necesitaba en ese momento. No le estaba haciendo ningún
favor. Pero y ¿Qué pasa conmigo?
Esta situación, perder
un hijo, es bastante solitaria porque nadie puede hacer nada por uno. Físicamente
se experimenta un dolor indescriptible. Yo le puedo explicar a otra multípara
que es comparable a las contracciones del trabajo de parto, pero en vez de
parir un bebé, se botan coágulos y un montón de sangre que, dicho sea de paso,
no comprendo ya que estoy eliminando un saquito gestacional de solo 15mm… Pero ¿cómo
le explico a Paulo lo que estoy sintiendo? Emocionalmente es devastador. Culpa,
sentimientos de inferioridad, impotencia, envidia de cada mujer embarazada que
veo… tristeza y dolor en el alma. ¿Qué puedo hacer por Paulo? Contenerlo. Pero
yo honestamente no sé lo que siente él, además que es tan reservado, no es
ruidoso como yo… Max es el más sensato, dijo “Pucha qué pena, vas a hacerlo
otra vez?” y así superó rápidamente el tema.
¿Por qué nadie habla de
una pérdida? Es tabú. Por prejuicios sociales, por
seguir normas, qué se yo. Me imagino que debe haber montones de mujeres en mi
situación, incluso peores. Conozco mujeres que han tenido hasta 11 pérdidas,
por lo tanto no soy nada especial.
Pero hoy soy especial.
Hoy estoy más sensible que nunca y merezco ser querida y abrazada por todos los
que quiero y me quieren. Mi hijo no fue al colegio, después de su fiebre de
anoche, así que lo tengo aquí conmigo. Extraña casualidad. Así que el día
especial será hoy, en que dejo aquí evidencia escrita de lo que pasó ayer, para
volver a este recuerdo algún día en el futuro.
No sé por qué perdí mi
guagua. Nadie lo sabe y no importa. La tuve, sin verla, la sentí sin poder
tocarla, nunca podré conocerla pero la amé… Nunca la tendremos en nuestros
brazos pero siempre en el corazón. Vamos a intentar otra vez y todas las veces
que sea necesario. Ayer, cuando veníamos de vuelta de Santiago, un poco tristes
después de recibir esta noticia, extrañamente para un 21 de noviembre, comenzó
a llover. Al fondo de la carretera, vimos un arcoíris.
Todo va a salir bien.