
Cuando yo tenía 12 años, nació mi primera hermana. Tuve el honor de ponerle el nombre que yo quisiera y la llamé María Jesús, pero tú la conoces como tu tía Cocó. Desde un comienzo sentí una gran curiosidad por esta bebita rosada que lloraba sin parar, la recuerdo tan despierta, tan viva... una muñeca de verdad pero con la cual no podía jugar como con mis otras muñecas. No se me permitía tocarla mucho al principio pues mi madre, tu abuela Luly, estaba muy nerviosa ya que "había olvidado" su trainning como madre y se sentía primeriza. Con el paso del tiempo me fui acercando más y más a tu tía Cocó. Pasábamos largas mañanas alimentando palomas en la calle, con migas de pan que robábamos del desayuno. Era tan increíble tu tía, no le tenía miedo a las palomas!! Se le subían encima y comían de su mano. Ella tenía sólo 2 años, un poquito más grande de lo que eres tú ahora. Siempre fue temeraria, valiente, atrevida y muy inquieta, no le tenía miedo a casi nada y hasta hoy es capaz de vivir aventuras adrenalínicas que la llenan por dentro, le dan vigor y la hacen muy feliz.
Pero ella no siempre fue feliz. Cuando era muy pequeña, toda la familia se mudó a la casa de la Memé. Allí vivimos poco tiempo, unos 3 meses más o menos. Poco tiempo. Pero se sintió como una eternidad en el infierno. No voy a contarte ahora los detalles porque no vale la pena revolver en esas aguar turbias, pero te prometo que cuando seas mayor te lo explicaré todo, de esa manera entenderás el origen de muchas cosas que hoy suceden en la familia.
En esos tres meses la Cocó y yo aprendimos que siempre, a pesar de las circunstancias, nos tendríamos la una a la otra, y como una cofradía, guardamos en nuestros corazones el gran secreto de lo que allí vivimos y sentimos, y que hasta hoy nos hace llorar. Pero también en esos tres meses, nos unimos en la felicidad de sabernos hermanas, porque fue allí que logré asumirla ya no como mi muñeca, si no como alguien a quien amaba por que sí, no había razones, sólo amor. Conmigo ella aprendió a cantar noche de pazzz (sí, con hartas zzz) y con ella yo aprendí que existía la empatía cuando ella corría a besarme y acompañarme cuando tu abuelita me retaba.
Cuando ella fue más grande, yo la iba a buscar al colegio. Y le compraba pizzas y dulces y la llevaba en micro a la casa y nos reíamos de los bigotes de los señores que subían al bus. Cantábamos Mazapán y jugábamos con la Coca, nuestra perrita.
En algún momento se me empieza a nublar la historia. Yo tenía novio. Yo estaba estudiando mucho. Yo tenía mil amigos y mucha vida social, paseos, fiestas. Yo estaba ocupada. Yo, yo, yo... el puto EGO y la dejé sola. Todos la dejamos sola. Entonces ella se mudó a otro mundo, donde existían piratas, niños que volaban y ella era Peter Pan, ese personaje de cuento que se negaba a crecer y que tenía problemas con su sombra. Y se vestía rara, hablaba cosas raras, y nunca estaba quieta. Yo la encontraba realmente odiosa y a veces le gritaba para que se fuera de mi pieza y muchas veces le pegué para que me dejara tranquila. Pero ella no hacía nada malo en verdad, sólo quería contarme sus aventuras y estar conmigo. Pero yo estaba ocupada. Tu abuela Luly estaba ocupada, estaba esperando a tu tía Carito. Tu tata Tito estaba ocupado también, con sus negocios de pollos y sus libros y sus cigarros. La Cocó, entonces, estaba realmente sola en la casa, pero en su mundo estaba acompañada de hadas Campanita y de niños que no querían crecer, tal como ella. Pero llegó el momento en que se volvió insoportable, desconectada y dispersa y tus abuelos la llevaron al doctor. El doctor dijo que estaba enferma y le dieron una pastillita mágica que la hacía estar tranquila y ya no molestaba tanto. Dormía mucho más, estudiaba mejor y ya no había quejas del colegio, supongo...
La Cocó creció, inevitablemente. Y Peter Pan se fue para siempre.
Cuando la volví a ver, años después, estaba muy bien. Ya no tomaba la pastillita mágica. Se había convertido en una niña "normal", muy sobresaliente en sus estudios, con montones de amigos reales, novio, y muchas actividades. Una niña que nunca llora, que no muestra debilidades y que no acepta el fracaso por que es muy exigente consigo misma. Pasaba cada vez menos tiempo en la casa y, como yo alguna vez lo fui, se convirtió en una persona "ocupada" que no tenía tiempo para jugar y compartir con sus hermanitas menores, también mis hermanas, tus tías.
Su amor por la música, su fuerte carácter, el deporte y las cosas extremas que la hacen sentir esa adrenalina que la "llena" y que la hace adicta a "no estarse quieta" eran, a ojos de los demás, buenas cualidades que la convertían en un ejemplo, en un logro para tus abuelos, que inocentemente piensan hasta hoy como el fruto de la buena desición de drogarla y disciplinarla "a tiempo". Yo sólo veo a través de sus ojos brillantes a Peter Pan, que sigue vivo, pero agazapado en las sombras, que no se asoma ni en su voz ni en sus juegos, si no que se transformó en dolores de espalda y en espinillas que no se van con ningún tratamiento, y que no se irán hasta que tu pobre tía se de cuenta de que ella nunca fue mala, ni loca, ni anormal... si no todo lo contrario!! Es necesario que ella comprenda que nada era su culpa, que no era su deber sostenernos a los que éramos más grandes. Ella necesita liberarse de muchas cargas que no le corresponden, tiene que abrirle la puerta a los demonios y debe dejarlos ir. Y llorar. Sentir la pena, vivirla, superarla y seguir su camino.
Yo creo que el único que realmente hoy la ama y la acepta de verdad eres tú, que con tu inocencia y tu pureza, pudiste ver en ella a la niña inquieta incomprendida. Y la amas tal cual. Yo la amo mucho también, pero desde un lugar oscuro y tenebroso donde reina la culpa le grito y le imploro que me perdone, por no haberla comprendido, por no haberla escuchado, por no haber jugado más con ella, por dejarla sola, por no protegerla, por no haberle creído que ella, en realidad, era un personaje fantástico, un ser de cuento, un ser que no era de este mundo.
La tía loca que conociste, la que te llevaba en sus hombros, la que te hacía infinitas cosquillas, la que te llevaba a su pieza y te dejaba jugar con el ratón ("el pájaro"), la única que se metió contigo al lago, la que te llevaba en brazos, lejos, a caminar, al parque, a la granja de canguros, a su colegio, la que te daba vueltas en el aire, esa es tu tía Cocó. Contigo se mostró verdadera, honesta, niña... a tí, y sólo a tí, te mostró que ella, en realidad, con y sin pastilla y a pesar de todo lo que hicimos para apagarla, sigue siendo Peter Pan.
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