Llevamos
casi dos meses en este país y aún no acabamos de acostumbrarnos a la
fastuosidad con que celebran todo los gringos. Desde antes de terminar
septiembre, ya muchas casas estaban decoradas con calabazas y esqueletos,
preparando de esta forma, la llegada del gran día, o mejor dicho, la gran noche
de Halloween, el primero que pasamos Max y yo en Estados Unidos.
Max
tuvo su parte en esta celebración el año pasado (por primera vez “consciente”
ya que en años anteriores era muy pequeño para darse cuenta de lo que estaba
pasando) con la versión chilensis de esta fiesta norteamericana. Se disfrazó de
Iron Man, su padre de vampiro y yo de bruja (osea, fue un día normal…) y
salimos con un grupo de amigos y sus hijos a pedir dulces por el pueblo.
Este
año, Max tuvo la gran oportunidad de vivir la experiencia en la matrix de todo
el asunto, y tuvo más de un mes para empaparse de toda la pompa y el ruido con
que se vive este día “asustoso” (como diría mi hermana chica en su pésimo
español). Incluso, tuvo la ocasión de ir
con su abuela a comprar una calabaza de verdad (jamás habíamos visto una) y
junto a mi hermana Carolina la tallaron dándole “vida”. Finalmente se pudrió en
el jardín, pero ahí estuvo varias semanas, junto a espantapájaros y arañas que
mi madre colgó del techo. Algo sencillo.
Sin
embargo la decoración en otras casas es simplemente despampanante. Cementerios
improvisados en los antejardines, calabazas gigantes iluminadas por la noche,
máquinas de humo, telarañas entre los árboles, gatos negros diabólicos, arañar
asesinas colgando en telarañas gigantes, muertos saliendo de tumbas, brujas y
hasta manos huesudas acechando por los
buzones… por nombrar algunos. Lo más simpático fue un “ahorcado” que colgaba de
la luminaria pública. Todo en post de la diversión y la fiesta, como manda la
tradición.
Todos
disfrazados desde temprano, mujeres y hombres, niños, jóvenes y viejos, todos,
me atendieron “gatitas” en la biblioteca, brujas en el supermercado y vi
piratas y “naipes de corazones” en los estacionamientos. Se lo toman en serio,
muy en serio. Así que Max tuvo su añorado disfraz de ninja y, obviamente, su
madre a su lado disfrazada también (una suerte de niña muerta con pijama… no
pregunten), mis hermanas chicas pintarrajeadas como zombies y vapiresas, y a la calle a pedir dulces.
Max
tuvo susto en varias ocasiones, y a pesar de la barrera del idioma, no tuvo
problemas para llenar su cesta de de dulces. Lo pasamos increíble, fue
realmente una experiencia diferente, en la que debo haber perdido un par de
kilos (subiendo y bajando las colinas de casa en casa) pero que supongo
recuperaré rápidamente, cuando ayude a Max con su botín… J
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