Un par de cuadras más abajo, por el parque por el que siempre paseaba con la Coca, corrí llamándola, preguntando a la gente si la había visto, comencé a sentir apretado el corazón.
La Coca era la primera mascota que me había durado tanto, mis hermanitas y yo la queríamos mucho y me estaba empezando a crecer el nudo en la guata no poder encontrarla. Volví a la casa a ver si había vuelto, le pregunté a mi mamá otra vez y me volvió a decir que no, que no sabía nada, sin mirarme. Volví a salir, esta vez calle arriba, hacia donde estaba el Jumbo, mirando a todos lados, debajo de cada auto, dentro de las casas, llamándola, con pena, con angustia, con dolor. De nuevo, no la encontré. Estaba empezando a oscurecer.
Volví a la casa con mucha pena y angustia, sin saber qué hacer. Cuando me iba acercando a la casa vi a mi mamá en el patio. Muerta de la risa. Va y me dice "ya tonta si la Coca está aquí, se la había prestado a los niños de al lado. Pero la próxima vez que no recojas la caca le abro la reja para que se vaya de verdad".
Estaba tan feliz por que mi perra estaba conmigo que no reparé en la manera enferma y torcida de "educarme", porque desde siempre había sido así, extraña pero normal para mí.
Era común la mentira, la broma, el "a ver, hagamos esto para ver cómo reacciona el otro", sin importar si al otro le daba pena, rabia, susto o dolor. Ella se divertía, siempre. Hoy, miro atrás, y sencillamente no comprendo a una madre que disfrute provocando dolor a sus hijos, de esta manera.
En la foto aparecen dos de mis hermanas, María Jesús, abrazando a la Coca, y Carolina.
La historia de la Coca sucedió entre mis 16 y mis 18 años, ya no recuerdo bien. Si yo le exigiera ahora explicaciones por eso, lo más probable es que ella lo niegue, nunca sucedió o bien me diga "y ahora te importa esa perra? Ni siquiera te preocupabas por ella, no la sacabas a pasear, no limpiabas la caca y la comida la compraba yo" entre otras malas referencias a ese momento de mi vida, en el que yo era supuestamente una adolescente conflictiva y difícil. Hoy me cuesta acceder a mis memorias de manera objetiva, porque las palabras de mi madre suenan fuerte en mi mente y es difícil para mí asociarme con alguien bueno, con virtudes, porque lo que más escucho en mi cabeza es que yo era floja, pesada, contestadora, insolente, insoportable, alcohólica, difícil, incontrolable. No recuerdo virtudes, la verdad. Ya después, más grande, además era imposible vivir conmigo por lo cual, según ella, "me pidieron por favor que me fuera", lo cual nunca sucedió. Yo me fui de la casa por mi propia voluntad y lo recuerdo claramente porque la Coca había tenido cachorritos, y una mañana de 18 de enero, al día siguiente de cumplir 18 años, metí todos los perritos en una canasta, armé un par de bolsos con ropa y me llevé también a la Coca en un taxi, que pagué con plata que me habían regalado para mi cumpleaños. Me fui al único lugar donde me sentía en paz, al departamento en las torres, con mi abuela Nina, que me recibía siempre con los brazos abiertos cada vez que me iba de la casa.
Esa vez, recuerdo, me fui para no volver. Otras veces me había ido por dos o tres días pero siempre volvía porque mi padrastro, Héctor, a quién por años llamé "papá", me iba a buscar o me esperaba afuera del colegio siempre para lo mismo: pedirme disculpas y conversar.
Conversar. Conversemos. Hablemos. ¡Jamás! Siempre un monólogo interminable que tenía que escuchar y en el cual terminaba envuelta y enrollada, normalizando todo, recreando en mi mente todo lo sucedido de manera romántica. El amor es así, quien te quiere te aporrea, te insulta y te gritonea, pero es algo del momento. Después se pide perdón y todo se arregla. Hasta que te vuelven a gritonear. Y de nuevo te piden disculpas, y así perpetuamente, viví desde los 9 años hasta los 18, que me fui de la casa. Mis padres (mi madre y mi padrastro) tenían una relación bastante violenta en la cual estaban permitidos todos los gritos e insultos con la condición enferma de pedir perdón después, justificando cada escena con las excusas más nefastas: " mi amor, a veces uno dice cosas sin pensar, es que estoy tan estresado..." y otras por el estilo.
Viví en relativa inocencia hasta los 13 años, cuando fui testigo de la primera de muchas discusiones violentas. Yo estaba jugando con mi hermana, no recuerdo si ella ya caminaba o estaba a punto pero sí me acuerdo de que yo estaba parada al final del pasillo y le tiraba una pelotita que ella iba a buscar. En uno de esos ires y venires, escuché tras la puerta del dormitorio de mis padres un grito ahogado de mi madre: "¡Déjame!" No entendí mucho en ese momento, no recuerdo cómo me sentí, solo sé que avancé por el pasillo para alejarme de la puerta, instintivamente, y tomar a mi hermana en brazos. Con nosotras estaba la abuela Rosa, la madre de mi padrastro. Ella era muy sorda, así que no escuchó nada. Al poco rato salió mi mamá de la pieza llorando y gritando "¡Me pegó, me pegó!". Esa noche nos fuimos a dormir donde la Nina. Y obviamente después ellos conversaron, como siempre, lloraron, se pidieron perdón y volvimos a la felicidad. Pero para mí ya no era lo mismo.
Unos meses después de eso, nos fuimos a vivir a Hernán Cortés, una calle chica y corta, tipo pasaje, en una casa pareada, antigua con suelo de parqué. Vivíamos con la abuela Rosa, la Memé que le llamábamos. Ella era sorda como una puerta, como ya dije antes. No era mala persona, según mis recuerdos, pero obviamente la voz de mi madre suena más fuerte y si pues, era una vieja de mierda.
No tengo muchos recuerdos de ese período, corto pero intenso. Pero algo sucedió ahí que jamás voy a olvidar. Héctor le pegó a mi madre tan fuerte una patada en el brazo derecho, que se lo quebró y ella tuvo que usar un yeso y cabestrillo por un tiempo. En ese tiempo no tuve más remedio que aprender a cocinar, a cuidar a mi hermana chica (mudar, alimentar etc) y ayudar en casi todo porque ella, mi madre, solo podía funcionar con el brazo izquierdo.Había un árbol de navidad muy bonito en el living, mi madre siempre se ha esmerado en decorar muy bien los lugares donde vive. Recuerdo que a mi hermana le llamaban mucho la atención las luces de ese árbol. Entonces allí la llevaba cada vez que ellos se ponían a gritar y a pelear, yo la sacaba de en medio y la llevaba a mirar las luces, y le cantaba "Noche de paz".
En la foto, María Jesús y mi madre a su lado, recortada para que no se viera el brazo enyesado, que igual se alcanza a ver. Ella me hizo mentir y decir que se había caído del damasco.
Fue en ese tiempo, que la relación con mi hermana chica se estrechó tanto que hoy, a pesar del tiempo y la distancia geográfica, nos sentimos unidas tanto por el amor como por estas experiencias amargas que incomprensiblemente para mí, ella recuerda aun cuando era muy pequeña. Mi hermana María Jesús, no tenía más de 2 años cuando entraba a mi pieza a abrazarme y contenerme después de que mi madre me gritara o me retara por cualquier cosa. Mi hermana es la única persona en el mundo que comprende cómo me sentí entonces y cómo me siento hoy. Mi hermana, a quién siento que abandoné cuando me fui de la casa, la dejé a merced de un padre violento y de una madre inestable, que hoy según comprendo finalmente disfrutaba de todo este ambiente porque le significaba una tremenda fuente de atención, una manera torcida de victimizarse y lograr no solo autocompasión (la cual se transformó en una patética enfermedad autoinmune en la cual ya no creo para nada) si no que además la compasión de los demás. La pobre Luly. Una mujer creyente, llena de fe, católica, de misa los domingos, ferviente rezadora de rosarios y novenas a la Virgen, devota de cuanto santo y evangelio hay, ella, la que todo lo puede en la oración... es a la que más le falta Dios.

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