Cuando tenías un poco menos de dos años,
visitábamos con frecuencia a tu tía Paula. Ella tenía un campo como nosotros, y
una pequeña hija con la que tú jugabas mucho. Siempre que íbamos, nos costaba
mucho regresar a nuestra casa, porque era entretenido estar con ellas y nos
daba mucha lata volver a nuestra soledad. Una noche, en que ya nos disponíamos
a volver desde donde la tía Paula, estaba yo tratando de subirte al auto, en
contra de toda tu pena porque no querías irte. Así que hice uso de mis nervios
de acero y te abroché el cinturón de seguridad entre llantos y manotazos. Rápidamente, encendí la radio y busqué
estratégicamente una canción: El Toro enamorado de la luna.
En el cielo brillaba la luna llena, y eso,
en el campo, significa un espectáculo maravilloso del cual siempre te hice fiel
espectador. Recuerdo todos aquellos paseos nocturnos de verano contigo en mis
brazos, y cantando “Luna lunera, cascabelera…” ¿te acuerdas? No… no creo que lo
recuerdes, pues eras muy pequeño.
Siempre pensé en lo entretenido de crear
experiencias contigo para que las recordaras después, para siempre. Así que
desde que estabas en mi guata he sembrado, en ti, recuerdos. Yo sé que muchas
cosas quedarán en tu inconsciente, pero siempre confié en que asi mismo muchas
otras quedarían presentes en tu memoria. Pensando así, esa noche hice una
siembra más, la canción del Toro.
Llorabas y llorabas y yo simplemente puse
un cd que había copiado con varias canciones que quería que recordaras, que
cuando las escucharas se vinieran a tu mente momentos especiales conmigo, tu
madre. Y empezó la canción… “La luna se estaba peinando…” y yo empecé a cantar,
tranquila y distraídamente, sin prestarte mucha atención pero atenta a tus
reacciones. De pronto paraste de llorar y comenzaste a escuchar. Yo te señalé
la luna y te insté a escuchar la historia que contaba la canción.
Y esa fue la primera de muchas canciones
que sembré en ti. Y anoche tuve la primer a cosecha.
Te revolvías a mi lado impaciente, sin
poder quedarte dormido. Miré por la ventana y vi una luna blanca muy pequeña en forma de juliana, pero que brillaba mucho,
tanto como para alumbrar por completo nuestra pieza. Así que cerré el libro y
apagué la luz y te abracé. Te dije “mira la luna” y empecé a cantar “… la luna
se estaba peinando…” y para mi sorpresa, tú seguiste “…en los espejos del río…
y un toro la está miraaaaaando…” y así seguimos, con toda la canción. Cantamos hasta
el coro que dice “lai lai laaara lara lara…” y nos dio ataque de risa, porque
sonábamos tan graciosos. Y sentí ese momento, tan especial, me sentí feliz. Los
dos abrazaditos mirando la luna hasta que te quedaste dormido, después de reír
mucho.
No sé en qué momento te aprendiste la
canción, nunca te había escuchado cantarla antes, pero valió la pena la espera
de casi cinco años, desde el día en que la escuchamos juntos por primera vez hasta
anoche, que te oí cantarla
Espero que nunca olvides ese momento. Y
espero (y deseo con mucha ilusión) que cuando yo sea viejita y tú un adulto
feliz, y escuches la canción, recuerdes ese momento. Y también espero que se la
cantes a tus hijos.
1 comentario:
Vaya Lilith! me emocioné mucho leyendote. Siempre es un placer leerte. Besos a los dos
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